Empecemos por establecer una realidad, la ruptura de la unidad familiar no es fácil para nadie. Supone un cambio enorme en las rutinas, dinámicas y estructura familiar. Lo que marca aquí la diferencia es el papel o la posición en la estructura que tenemos cada uno. Ya que cuando se produce una separación no es el mismo papel el de los progenitores, que el de los descendientes.
Los progenitores toman la decisión activa y conscientemente (en la mayoría de los casos) de acabar con esa unión, basada en las circunstancias.
¿Pero y los descendientes? A ellos el cambio les viene impuesto sin tener margen de acción ni participación en el resultado final, pero si que viven las consecuencias de este en primera línea.

En palabras de algunos de mis pacientes:
“Cuando tus padres se separan se cae el mundo a los pies, no puedes hacer nada por evitarlo. “
“Está todo destruido”
Esto genera incertidumbre, dolor, angustia, tristeza, rabia y un sinfín de emociones incómodas que aparecen para poder hacer frente al cambio a lo largo del proceso de duelo.
Cada divorcio es un mundo. Los antecedentes, los recursos de los que dispone la familia, el lugar y tiempo en que se da influyen en cómo se vive todo el proceso. Lo que remata el combo, es la gestión que hacemos los adultos de la situación.
Si nos encontramos ante una situación en la que los adultos, buscan ayuda profesional como los psicólogos que formamos el equipo de Centro Médico Creciendo, bien para afrontar la primera noticia, acompañar en el proceso a la familia, hacer trabajo personal o ayudar a los menores a procesar todo lo que va sucediendo, el divorcio en sí no tiene por que ser traumático.
Pero si, por el contrario, tenemos unos adultos que se centran en su propio dolor, en sus intereses o no toman conciencia del papel que tienen y el impacto que genera en los menores, se convertirá casi seguro en un trauma que condicionará el futuro de la persona, lo que afectará a como se ven ellos mismos, como se relacionan con los demás, a las futuras parejas, a su rol como progenitor cuando llegue a la edad adulta, etc.
No es lo mismo que el divorcio tenga lugar en la etapa infantil, que en la adolescencia. Esto no quiere decir que sea más llevadero ni más difícil en una que en otra. Como os digo, cada caso es especial y cada familia un mundo.
En la infancia los niños muestran mayor capacidad de adaptación a los cambios, dado que sus esquemas mentales aún no están cristalizados. Cuanto más mayores somos, más establecidas están las creencias y más tiempo nos llevará asimilar los cambios. Pero también menor de comprensión de los conceptos abstractos y por lo tanto más riesgo de que lleguen a conclusiones erróneas tratando de dar sentido a lo que viven.
La ventaja de la adolescencia es que son más mayores y pueden entender mejor las cosas si se les explican. Aunque es una etapa de reconstrucción del “yo”, y necesitan tener clara su estructura de origen para saber quienes son, que lugar ocupan y como proyectarse al mundo.
En cualquier caso, sea la edad que sea, es necesario que haya comunicación y disponibilidad emocional de los progenitores para ayudarles en este proceso.
Algunos tips que os puedo dar desde aquí son:
Ellos seguirán siendo hijos, aunque la pareja de rompa

“Me piden que haga de mensajer@ … que diga cosas a uno y a otro … cosas que yo no quiero. No son cosa mía”
Como os digo, no es un proceso fácil para nadie, pero tenéis profesionales a vuestra disposición que os pueden guiar, orientar y asesorar en el proceso.
Autor
Alejandra Riera Catalá
Psicóloga Infanto Juvenil - Centro Creciendo Alicante
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